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El amor de san José a Jesús: contemplación, paz, gozo y alegría

El grado de caridad depende de la gracia santificante que posea el alma. San José estaba inundado de gracia, por tanto, lleno de amor a Dios y al prójimo.

Amor a Dios; su vida entera es un manifiesto de esta virtud. Amaba a la Trinidad Santa, su objeto principal en la fe, amaba al Padre, del cual sería su fiel instrumento en la tierra; amaba al Hijo, que el designio divino le había puesto en sus brazos como Infante; amaba al Espíritu Santo a quien se encomendaba continuamente para mejor llevar su altísima misión. Su amor a Dios era personal; en verdad que no amaría José un Dios abstracto, un Dios que no se hace asequible porque parece más un concepto que una realidad. Él se relacionaba con las tres Personas divinas de manera vivencial. La Trinidad no era un objeto de fe para razonar, sino fundamentalmente para vivir. Así, vitalmente José, desarrollaría su existencia en este misterio de amistad con Dios Uno y a la vez Trino, y sería tal la comprensión de los misterios que no necesitaría mucha explicación.

Hemos hablado de este tema, al principio de nuestra obra.

“La caridad, decía Santo Tomás, hace que el hombre se una a Dios por causa de sí mismo, uniéndose en espíritu a Dios por el afecto del amor” (S Th., II-II, q. 17, a. 6). El shemá de Israel era una realidad vigente: “Escucha Israel, amarás al Señor tú Dios, con todo tu corazón, con todas tus fuerzas…” (Cfr., Mt 22, 37; Lc 10, 27; Mc 12, 30), toda su alma, en todo momento estaba centrada en la gravitación del eje. El eje de toda la vida de este santo, fue Dios Trino, infinitamente amable en sí mismo, e infinitamente bueno en sí mismo, y para con sus creaturas.

Un ser participa más de la bondad de Dios cuánto más cerca está de Él, y José estaba cerquísima de Dios, convivía a cada instante con Él. No tan sólo convivía en el mismo techo, sino que nunca su alma se aparejó instantes apartes de Él; todo su quehacer espiritual era Él, y todo se orientaba a amarlo cada vez más.

El amor que es el acto primero de la caridad, y en lo que se refiere al amor a Dios, la potencia apetitiva que es la voluntad, tiende a Dios, se adhiere a Él, y por Él tiende a ordenar todo lo demás, o mejor todos los amores. Así por ejemplo cuando uno quiere enamorar a alguien por la causa de Cristo, es importante que le lleve a ese tal, −que ignora todavía al Señor−, a que le conozca primero; pero una vez que le conoce, y se enamora de Él, seguramente está dispuesto a ordenar todos los otros afectos, como respuesta a su amor. Así pasa con nuestra conversión. Primero es el conocimiento de Dios, claro está que la razón necesita informarse por la fe, y una vez que conocemos a Jesús, como objeto principal de nuestro amor, ese amor va creciendo cada vez más, hasta que llega un momento que todo lo abarca Él y todo el resto se nutre en ese amor y es ordenado por ese mismo amor.

Para hacernos entender el misterio de la caridad, Santo Tomás nos señala: “De todo esto hay que concluir que el amor, acto de la potencia apetitiva, tiende en primer lugar hacia Dios, incluso en nuestra vida, y de Él va hacia las otras cosas. A tenor de eso, la caridad ama inmediatamente a Dios, y a las demás cosas las ama mediante Él. En el conocimiento, en cambio, al revés: a Dios le conocemos por las cosas, como a la causa por los efectos, o por vía de eminencia o de negación” (S. Th., II-II, q. 27, a.), este conocimiento es el que proviene de la observación natural, pero el que proviene de la fe es más perfecto. Esto sugiere que San José tendía con toda su potencia apetitiva, con todo su afecto al Señor y su Hijo. Encontraba en Él el centro de su afectividad, por Él tenía todos sus amores ordenados; ordenados a su servicio, y en definitiva por la Humanidad de Cristo, a Dios.

Ese amor, le llevaba a su vez a querer escudriñar en su interior cada vez más el Misterio que tenía en frente. Veía a un niño, a un adolescente, a un hombre por fin, pero trascendía con su fe contemplando el misterio de Dios presente en la Humanidad asumida por el Verbo. En José el amor vivencial hacia su Hijo, lo conduce a conocerle de una manera experiencial, aquello que Santo Tomás llama conocimiento por connaturalidad. Este conocimiento, evidentemente contemplativo del Señor, lo polariza a José, en el silencio más profundo, de tal manera que se siente arrastrado a penetrar más y más a manera de movimiento helicoidal en el misterio; esto significa de manera cada vez más profunda y siempre sorprendiéndose cada vez más de Él. ¿Acaso podemos entender de una sola vez a Cristo Jesús? José se encuentra, como peregrino en la fe, comprendiendo cada vez mejor; y dicha comprensión es muy dinámica cuando se deja llevar en alas del amor contemplativo.

Esto le lleva a tener siempre más sed y hambre de amar. Porque hemos de saber, −como bien refiere Santo Tomás−, que la caridad en esta vida no tiene un límite, justamente porque el Bien amado no es un finito, sino infinito. De tal forma que el amor en esta vida siempre puede y debe ir en aumento. El amor tiene una causa infinita que es el Espíritu Santo, por lo tanto, no conoce un límite en su causa; pero tampoco en la radicación en el sujeto, porque el sujeto, si bien es finito, no obstante, puede siempre crecer más y más en la caridad.

Se dice de María Santísima que nunca conoció retraso en este crecimiento amoroso; su aceleración en la caridad fue cada vez mayor en la medida que se acercaba su partida hacia la Patria del Cielo. Algo similar, −pensamos−, pasó en José. En efecto, él no conocía retraso en su espiritualidad, por el hecho mismo de estar tan vinculado amorosamente al Salvador, y por quererlo entrañablemente, estar a su servicio, y para Él vivir y morir ¿Acaso no hay aquí una expresión auténtica de un amor que no se retrasa? El Apóstol decía: “Nuestro corazón se ha dilatado” (2 Co 6, 11) , en este sentido se puede decir que la caridad no tiene límite en la vida presente (Cfr., Santo Tomás, S. Th., II-II, q. 24, a. 7) .

Este amor siempre progresivo, era expresado por José; del padre hacia el Hijo, y por su Hijo al Padre eterno y al Santo Espíritu, y sabiendo que es imposible en la vida amar como corresponde a un Bien tan excelso, José procuraba día a día manifestar mejor ese amor. La manera que él encontraba para hacerlo, sería la de no negar ningún sacrificio que pudiera reclamar la atención del Hijo y de su Esposa; generoso traduciéndose en piadosos afectos hacia él, tratando de lograr hacer siempre la voluntad de ese Dios, y así como dijimos en otro momento de lo que implicaba la shemá de Israel para José, todos los afectos estaban puestos en Dios; todo el pensamiento puesto en Él; toda la voluntad sometida a Él; toda su sensibilidad, no permitiendo nada que pudiera manchar sus afectos; todas sus obras realizadas para agradarle. Amor totalmente desinteresado, dispuesto a pasar por consuelos, y también por desconsuelos; por fatigas enormes, como por descansos placenteros; pero sí, eso sí: todo ordenado hacia Dios. Todas las virtudes suenan como las cuerdas del arpa afinadas al son de la caridad; así es la mejor melodía josefina; así es el arpa de este nuevo hijo de David.

También hemos de notar que el apetito espiritual se nutre en el Bien amado, y si no hay mayor bien que Dios mismo, decimos que el afecto de José se nutría principalmente en Dios, y Dios era su Hijo. Uno de los efectos notables de aquello que ya se posee: es el gozo. Si nosotros hemos sido creados para Dios, y nuestro corazón descansa en plenitud cuando lo poseemos, entonces qué decir del corazón del Patriarca, puesto totalmente en Jesús, su gozo sería verdaderamente un gozo inefable. En efecto, otra vez Santo Tomás expresa lo siguiente: “La caridad, en cambio, es el amor de Dios, cuyo bien es inmutable por ser Él la bondad suma. Además, por el hecho de ser amado se está en quien lo ama por el más excelente de sus efectos, según lo que leemos en 1 Jn 4,16: “El que está en caridad permanece en Dios y Dios en él”. Por eso mismo, el gozo espiritual del que tiene a Dios por objeto está causado por la caridad” (S. Th., II-II, q. 28, a. 1). San José estaba todo en Dios, y Dios permanecía en él en todo momento. Esa dicha inefable solamente se veía probada por la memoria de Aquel que sería la Víctima, pero en José esto no producía una tristeza, por decir mala, porque a su vez la esperanza le nutría con la necesidad de ofrecer a aquella futura Víctima en su corazón.

Nada más gozoso y dulce que el amor. Qué bien quedan estas palabras en la boca de José el amoroso padre de Jesús, que robamos al beato Tomás de Kempis: “Nada más dulce que el amor, nada más fuerte, nada más profundo, nada más extenso, nada más alegre, nada más completo ni mejor en el Cielo o en la Tierra: porque el amor nació de Dios y no puede tranquilizarse con todas las cosas creadas sino en Dios” (Imitación de Cristo, III, 5, 2) ¿Cómo no entender el alma de José reposada por el amor en su Bien amado, en la gozosa contemplación del Bien que el Padre eterno le ha querido conferir tan cercano, tan suyo, tan abrasadamente suyo no tanto por lo físico, sino por lo espiritual?

Si la sombra de la pasión de su Hijo, venía sobre él y clavaba los dientes de la angustia, ella no era suficiente para quitarle el gozo inefable de tenerlo al Señor, de alegrarse continuamente de su Presencia. El efecto propio del amor, no solamente es el gozo en la tranquila posesión del Bien amado, sino también la alegría, sana expansión del alma. Esta es la verdadera posesión inicial del Soberano Bien, inchoatio vitae aeternae in nobis; porque la vida espiritual en la tierra es una incoación de la vida eterna, y como tal, esta posesión, no puede ser de otra manera, llena al alma de alegría: dans vera cordis gaudia. La verdadera razón de esta alegría es que Dios está vivo y que nos ama, y que se hace tan presente en nuestras vidas como nuestra propia intimidad; y ¿qué mayor intimidad entre Dios y una creatura, que aquella que gozó el Verbo Encarnado al lado de su padre y al lado de su Madre? Alegría y paz profunda a la cual retornaremos en otra ocasión cuando hablemos del silencio de San José.

Este primado que concedía San José a su vida interior es poco reflejada en los Evangelios, pero no quiere decir que él no la tuviera. Antes bien todas las acciones exteriores que manifiestan su misión, son el claro reflejo de una vida interior profunda, austera y llena de Dios. Así nos refiere a este respecto Juan Pablo II: “la aparente tensión entre la vida activa y la contemplativa encuentra en él una superación ideal, cosa posible en quien posee la perfección de la caridad. Según la conocida distinción entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis), podemos decir que José ha experimentado tanto el amor a la verdad, esto es, el puro amor de contemplación de la Verdad divina que irradiaba de la Humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, esto es, el amor igualmente puro del servicio, requerido por la tutela y por el desarrollo de aquella misma Humanidad” (San Juan Pablo II, Redemptoris custos, V, n. 27. Al interior la nota n. 41: Cf. S. Tomás, S. Th., II-II, q. 182, a. 1. ad 3) .

¿No estamos hablando de una persona trasfigurada en el amor de Dios? ¿Quizás estamos exagerando al convertir a José en un diletante amoroso? Nada más obtuso que pensar un José que no vibrase profundamente hasta con la última fibra de su corazón humano, por Aquel que le rodeaba su vida, y que le había comprado, y llenado todos sus afectos. Debemos pensar que el misterio esperado por todos los tiempos, radicaba en su propio techo, alguien más grande que el tabernáculo de Moisés y que la tienda de reunión, alguien más grandioso que el mismo Templo de Jerusalén. Y otra vez Tomás de Kempis, que bien pudo expresarse como él la lira josefina:

“Agrándame en el amor para que aprenda a saborear interiormente con el corazón qué bello es amarte y derretirse y nadar en amor. Poséame el amor, y salga fuera de mí por el gran fervor y admiración. Cante un canto de amor, y te siga, Amado mío, a las alturas, desfallezca mi vida en tu alabanza, jubilosa por amor”.

“Te amé más que a mí mismo. Ni me ame a mí sino por Ti, y en Ti a todos los que aman como manda la ley del amor, que brilla desde Ti”.

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