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El santo Padre Pío y el VIII° Centenario Franciscano

Entre las importantes celebraciones que vive la comunidad católica mundial, destaca el Gran Jubileo Franciscano, que celebra, a lo largo de cuatro años, los cinco acontecimientos de la vida de san Francisco de Asís. Se está cumpliendo el octavo centenario de la aprobación de la primera regla de los Hermanos Menores (1223), de la celebración de la Navidad en Greccio (1223), que es considerado “el primer pesebre viviente”, aunque no con la modalidad actual; de los estigmas recibidos en el Monte Alverna (1224); del Cántico de las Cristuras (1225) y, finalmente, de la “pascua” o muerte, el nuevo nacimiento –a la Vida Eterna– del “pobrecillo” de Asís.

Ciertamente, se trata de acontecimientos de gran regocijo y fuente de gracias para todos los fieles. Pero ¿qué importancia particular tiene para IPLyCEA, sus miembros, colaboradores y allegados?

Es que el santo Padre Pío de Pietrelcina es un hijo destacado de san Francisco. No solo por haber sido bautizado con su nombre sino porque el Señor lo eligió para ser la imagen viva de su Padre Espiritual en el siglo XX, haciendo que a través de él el mundo dirigiese su atención a Cristo, el Crucificado, el Estigmatizado: el que por sus llagas benditas nos sanó y nos redimió (Isaías 53, 5). Como anunció el profeta Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Zac 12, 10).

El Señor quiso hacer a sus elegidos partícipes de su dolor redentor y que llevasen visibles sus llagas, como otros las llevaron, algunos invisibles. El Padre Pío es, hasta ahora, el único sacerdote estigmatizado de la historia de la Iglesia. Su padre san Francisco quiso ser solamente diacono, y así ejerció su ministerio, por ejemplo predicando en la Navidad del 1223.

Además de eso, el santo Padre Pío experimentó intensamente su vocación a la vida religiosa sintiéndose hijo de san Francisco: en los primeros años, en que por su salud y sus misteriosas enfermedades hubo de pasar varios años fuera del convento, en su casa paterna, sufría lo indecible pensando en la posibilidad de ser expulsado de la comunidad:

«Padre mío! ¿Me vas a despachar de la Orden? ¡Por caridad, hazme antes morir! ¡Oh Seráfico Padre mío! ¿Pero me vas a despachar tú de tu Orden? ¿No voy a ser yo más tu hijo? La primera vez que te me apareciste, P. S. Francisco, me dijiste que debía ir a aquella tierra de destierro. ¡Ah, Padre mío! ¿Es voluntad de Dios? ¡Pues hágase! ¡Fiat! ¡Pero, Jesús mío! ¡Ayúdame! ¿Y cuál va a ser la señal de que, efectivamente, tú me quieres allá? ¡Diré la Misa! Pues entonces, Jesús mío, recibe mi acción de gracias» (Padre Pío, Místico y Apóstol, Leandro Sáez de Ocariz, p. 88).

Los hijos espirituales del Padre Pío deben, por tanto, considerarse también hijos de san Francisco: a ellos pertenece el gozo de su gloria, las gracias que por ellos Dios nos concede y el compromiso de imitarlos y promover su devoción.

Que este gran Jubileo extendido sea una oportunidad aprovechada para crecer en el amor y avanzar en el seguimiento de Cristo imitando a sus siervos que, como san Pablo, nos dicen: “Sean imitadores míos como nosotros lo somos de Cristo” (cfr. 1ª Corintios 11, 1).

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