
«En el siglo X prevaleció, principalmente en los monasterios benedictinos, el uso de celebrar anualmente una memoria de todos los bienhechores o amigos difuntos del cenobio. Atribúyese a San Odilón, abad de Cluny, el haber dado fuerza de ley y carácter universal a tal usanza, que ya había prevalecido en muchas iglesias. Conocemos el edicto de San Odilón, que data del 998, pero no atañe más que a los cenobios que entonces dependían de Cluny, los cuales sumaban varios centenares, esparcidos por Francia, por España y por Italia. En ese documento ordena el piadoso abad que el día 1 de noviembre, después de las vísperas solemnes, se toquen las campanas con carácter fúnebre y celebren los monjes en el coro el oficio de difuntos. Además, al día siguiente todos los sacerdotes debían ofrecer a Dios el divino sacrificio pro requie omnium defunctorum.
Este uso fue muy imitado primero en los diferentes cenobios benedictinos, luego fue penetrando poco a poco en los rituales diocesanos, como en Lieja (a.1008) y en Besanzón, hasta que al fin se convirtió en rito universal de la Iglesia latina. En los Ordines Romani, el anniversarium omnium animarum aparece por vez primera en el Ordo XIV, del siglo XIV, (cf. SCHUSTER, Liber Sacramentorum t.9 p.114).
MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL ABAD DE CLUNY CON MOTIVO DEL MILENARIO DE LA CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS, INSTITUIDA POR SAN ODILÓN
SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE
Pensamiento santo y saludable es rogar por los difuntos para que sean absueltos de sus pecados: eso dice Judas en el libro segundo de los Macabeos, capítulo doce. Y es, de hecho, una de las mejores y más santas instrucciones que podamos recibir, porque nos impele a poner en práctica aquello que de más provecho puede resultar para las almas del purgatorio; las cuales, no pudiendo valerse a sí mismas, ni proporcionarse el alivio que necesitan para verse libres de sus penas; requieren para ello la ayuda de las oraciones y obras buenas de quienes son aún viadores.
¡Qué situación tan dura para estas almas hallarse de tenidas entre llamas devoradoras, por no haber satisfecho en vida la pena que merecieron algunos pecados de poca importancia, o por no haber expiado plenamente los que les hicieron perder la gracia santificante!
Esa es la razón de que estas ánimas santas, aun acatando en su penosa situación el divino beneplácito, imploren insistentemente las oraciones de los vivos, que pueden obtenerles, muchas veces con facilidad, lo que a ellas les resulta imposible, pues no está Dios dispuesto a aceptar nada de cuanto bueno hicieren en expiación de sus pecados, ya que les concedió tiempo suficiente en vida para satisfacer por ellos.
Apiadaos de la situación en que se hallan las benditas ánimas; las cuales, aunque sin inquietud, suspiran por su rescate, a fin de poder gozar lo antes posible de Dios: esto esperan de su infinita bondad con firme y segura confianza, tan pronto como tengan la suerte de ser liberadas de sus penas.
Tenemos cierta como obligación de rogar a menudo a Dios por las benditas almas que padecen en el purgatorio.
En primer lugar, porque Dios, que las ha entregado a los rigores de su divina justicia, durante el tiempo que le pluguiere, según la gravedad de las culpas y el escaso interés que durante la vida manifestaron en hacer penitencia; no les ha dejado, después de la muerte, otro refrigerio que los sufragios de los fieles aún viadores. Estos, con sus oraciones, ayunos, penitencias, limosnas, el santo sacrificio de la misa, o cualquiera otra satisfacción, pueden acudir en su socorro.
En segundo lugar, porque estamos unidos exteriormente a las almas del purgatorio como miembros, unos y otros, de la Iglesia y de Jesucristo; e [interiormente] en virtud de la gracia santificante, que asimismo nos es común en Jesucristo: doble lazo de unión que debe inspirarnos sentimientos de lástima hacia esas almas dolientes.
Pero lo que mejor nos descubre la obligación en que estamos de tomar parte en los dolores de estos justos afligidos, y lo que más ha de animarnos a socorrerlos por todos los medios que tenemos a mano, es que la Iglesia nuestra madre común, no perdona recurso alguno para inspirarnos ese celo en favor de sus hijos pacientes, por los que se muestra llena de ternura.
Debemos, por tanto, unirnos a la Iglesia, como miembros suyos que somos, para presentar a Dios nuestras preces y el sacrificio de la santa misa; a fin de que, aunados así con ella y con todos los fieles, que son sus miembros y forman un solo cuerpo, consigamos fácilmente de Dios, en virtud de unión tan estrecha y por la abundancia de tantas oraciones y sufragios, la pronta libertad de unas almas que tanto padecen. Ellas, por su parte, una vez en el cielo, podrán alcanzarnos muchas gracias con su intercesión, de modo que también nos otros consigamos su felicidad. Penetraos, pues, del espíritu que anima a la Iglesia en este día, y uníos a todas las plegarias y sacrificios que ofrecerá ella al Señor por el socorro de las almas del purgatorio. Implorad en su favor la divina misericordia, con todo el fervor e insistencia que os fuere posible; así podréis honraros de ser miembros dignos de la Iglesia y cooperadores de Jesucristo en la redención de esas almas cautivas.
Escucha la prédica del Pbro. Faustino, AIC en la Solemnidad de los Fieles Difuntos
Deja un comentario