
El Sacerdote besa el Altar al inicio y término de la Santa Misa, en el numeral 123 de la “Instrucción General del Misal Romano” indica lo siguiente “El sacerdote se acerca al altar y lo venera con un beso. En seguida, según corresponda, inciensa la cruz y el altar rodeándolo”, el beso al Altar tiene doble significado:
- Es, ante todo, una expresión de amor e intimidad – Cantar de los Cantares 1:2 El Canto más Hermoso de Salomón, “¡Que me bese ardientemente con su boca! Porque tus amores son más deliciosos que el vino; Suave es el olor de tus ungüentos; es tu nombre ungüento derramado.” Inocencio III menciona que “Cuando se besa el altar, es el mismo Cristo quien en la persona del celebrante saluda a la Iglesia, su Esposa”
- Es un testimonio de respeto y estima – Es la salutación solemne del lugar en donde se va a realizar el sagrado misterio
Simbolismo
En un inicio, el celebrante lo hacía sencillamente como para saludar la mesa del Señor. Pronto, su sentido se hizo más profundo, por la idea de que el altar de piedra, representaba a Cristo mismo, “y esa roca era Cristo” (1ª Corintios 10:4), refiriéndose a la roca del desierto que al ser golpeada derramó agua para saciar al pueblo sediento.
Según San Ambrosio, por ser el altar la figura del cuerpo de Cristo, en el día de su consagración, no sólo se unge con el Santo Crisma, sino que sobre la piedra se esculpen cinco cruces en recuerdo de las cinco llagas de la cruz.
Al aumentar la devoción a los mártires, en los principios de la Edad Media, se hizo costumbre el dotar a cada nueva iglesia con reliquias de esos héroes de la fe. Todas las iglesias primitivas fueron o bien construidas sobre tumbas de los mártires o al menos tuvieron alguna de sus reliquias. Esta costumbre encierra una significación profunda. Parece conveniente que los que han derramado gloriosamente su sangre por Jesucristo, reposen al pie del altar sobre el cual se ofrece el Santo Sacrificio, ya que es de allí de donde han sacado la fuerza para sufrir el martirio.
El sacerdote besa el lugar de donde luego tomará, entre sus manos, la Carne y la Sangre de su Dios. Este beso es ya la comunión que comienza, un acto de delicadeza y de fidelidad, lleno de ternura hacia el Señor, que de alguna manera contribuye a reparar el horrible beso de quien lo traicionó.
Existe una hermosa historia que le pasó al Pbro José Rodrigo López Cepeda a los seis meses de su ordenación sacerdotal respecto al beso del Altar:
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Unidos en Oración por el Triunfo del Inmaculado Corazón de María.
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