
“Vendrán unas modas que han de ofender mucho a Nuestro Señor”…Nuestra Señora de Fátima, 1917. Para la humanidad, es un tema controversial y más en la actualidad, sin embargo, es un tema que tiene mucha importancia para nuestro crecimiento espiritual. Saber cómo debemos vestir en la Santa Misa, se podrá tener un estilo y una total libertad para vestirse como uno prefiere, sin embargo, como comunidad, valoramos la modestia y el respeto mutuo, y aunque no sea la intención de la persona, ciertas formas de vestir pueden ser motivo de pecado para otras personas. La falta de modestia en el vestirse puede llevar a la pérdida de almas inmortales y, si es gravemente ofensiva, es un pecado mortal para quien se viste así y ocasión de pecado para quien es espectador de modas inmodestas. Los pecados causados por modas inmodestas lanzan al Infierno o, por lo menos, hacen merecedoras del fuego del Infierno las almas de muchos de aquellos que miran tales modas.
“El que no lleva su cruz, y no me sigue, tampoco puede ser mi discípulo”, tal exigencia incluye modestia en el vestirse, una vez que la modestia presupone, en primer lugar, respeto por el cuerpo mismo por ser “el templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6:19), o, mejor dicho, amor y respeto por Dios Mismo presente en mi cuerpo y también caridad para con el prójimo, que puede sufrir tentaciones y caer en el pecado si yo no me viso y comporto modestamente.
Tal desorden de los apetitos es una consecuencia del Pecado Original y del hecho de no ser posible considerar el ser humano en un estado de naturaleza perfecta, como algunos les gustaría que fuese, pues está herido por el pecado y, tristemente, tiende al mal. Jesucristo, nuestro Salvador, nos redimió, pero no nos reintegró nuestra naturaleza en el estado de perfección original. Y no debemos olvidar el aviso que Nuestro Señor nos dio “Imposible es que no sucedan escándalos; pero ¡Ay de aquel por quien vienen! Mejor le fuera que le echasen al cuello una piedra de molino, y se la arrojase al mar, que escandalizar a uno de estos pequeñitos” (Lc 17:1-2)
La invitación que Jesucristo hace a todos nosotros es hermosa y consoladora, pero también exige sacrificio – los sacrificios de nuestro deber cotidiano para con Dios, lo que incluye ayudar a nuestros hermanos y hermanas a ir al Cielo y no siendo un obstáculo a su salvación por el hecho de vestirnos con falta de modestia.
«Mas cuando el rey entró para ver a los comensales, notó a un hombre que no estaba vestido con el traje de boda. Díjole: “¿cómo has entrado aquí sin tener el traje de boda?”» (Mt 22,11-12). Cuando se trata de nuestra apariencia no escatimamos esfuerzos, especialmente en ocasiones como bodas y visitas de seres queridos. Cuando Cristo, nuestro Rey, llegue a nosotros a través del Sacramento de la Eucaristía, ¿estaremos listos? Dice San Pedro Julián Eymard que “Asistir a la Santa Misa es unirse a Jesucristo; es, por tanto, para nosotros el acto más saludable”. San Alfonso Rodríguez refiere que la santísima Virgen dijo una vez a un siervo suyo: «Mucho agradaras a Dios y vencerás a tu enemigo si te humillares siempre en la comida y en el vestido». San Leonardo de Porto Mauricio nos lanza esta dura, pero necesaria sentencia: «¡Oh, qué maravilla! Pues dime por favor. Si cuando te diriges a la iglesia para oír la Santa Misa reflexionaras bien que vas al Calvario para asistir a la muerte del Redentor, ¿irías a ella con tan poca modestia y con un porte exterior tan arrogante? »

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