
Tomado del capítulo 1 del libro «Matando Dragones» de Charles D. Fraune. Nuestro Señor es el Rey sobre toda la creación, incluido el mundo angélico. Como resultado, los demonios solo pueden hacer las cosas que nuestro Señor les permite. Sin embargo, como nosotros, los demonios son criaturas con intelecto y libre albedrío; y pueden elegir la forma en que inicialmente y, en cierta medida, continuamente, se rebelan contra Dios. También son capaces de diseñar sus propios protocolos de ataque mientras buscan llevar a la humanidad al infierno con ellos.
Es fundamental comprender la motivación de los demonios: soberbia, posesividad y venganza. En su soberbia eterna, los demonios han perdido todas las cosas buenas de Dios y lo han rechazado de una manera irrevocable y más allá del perdón. Contrario a los demonios, al hombre, por la misericordia de Dios, se le ha ofrecido arrepentimiento en esta vida. La negación a ofrecer misericordia a los demonios «no es un defecto de la infinita misericordia divina», sino que señala el «carácter irrevocable de su elección». San Juan Damasceno dice: «No hay arrepentimiento para los ángeles después de su caída, así como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte». Como resultado, los demonios se resienten aún más con los hombres y desean llevarnos a todos al infierno para que suframos su propio castigo de la misma manera.
Sin embargo, los demonios son muy inteligentes y conocen bien nuestras debilidades. Es tarea de TODA la HUMANIDAD librar la guerra contra ellos y darnos cuenta que no dejarán de buscar nuestra ruina hasta que nuestras almas hayan partido hacia el Juicio. Los demonios poseen a las personas por una razón: para causarles sufrimiento. Asumen el riesgo de que al finalizar la posesión, la persona llegue a ser más santa, pero aun así lo hacen porque lo que más desean es verla sufrir.
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