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El sentir y el consentir la tentación

La acción ordinaria de los demonios es la tentación la cual está destinada a socavar la fe, la esperanza y la caridad de una persona. Los demonios nos tientan al infundir pensamientos en nuestra mente. En otras palabras, un demonio introduce objetos intelectuales propios de nuestra comprensión que no se pueden distinguir de nuestros pensamientos en nuestra razón, memoria e imaginación.

Una de las claves aquí es que la tentación «no se puede distinguir» de lo que percibimos como nuestro propio pensamiento. San Francisco de Sales relata un asalto violento contra la imaginación de santa Catalina de Siena, que demuestra lo que Dios permite y lo que Satanás es capaz de hacer.

La Historia de la Tentación a Santa Catalina de Siena (Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales)

El espíritu maligno obtuvo de Dios el poder de combatir la pureza de esta santa Catalina de Siena con todo su furor, pero sin que pudiese tocarla. Sugirió, pues, toda clase de deshonestidades a su corazón, y, para excitarla más, se le apareció con otros diablos, en forma de hombres y mujeres, y comenzó a cometer en su presencia mil y mil clases de deshonestidades y acciones lúbricas, añadiendo palabras y conversaciones muy desvergonzadas; y, aunque todas estas cosas eran exteriores, entraban, por los sentidos, muy adentro del corazón de la virgen, que, como ella misma confesaba, se veía llena de estas imágenes, y únicamente su voluntad superior quedaba libre de aquella tempestad de vileza y delectación carnal. Esto duró mucho tiempo, hasta que un día Nuestro Señor se le apareció, y ella le dijo: «¿Dónde estabas, mi amado Señor, cuando mi corazón estaba tan lleno de tinieblas y de inmundicias?». El Señor le respondió: «Estaba dentro de tu corazón, hija mía». «¿Y cómo -replicó ella- habitabas en mi corazón, lleno de tantas vilezas? ¿Cómo estabas en un lugar tan deshonesto?». Y Nuestro Señor le dijo: «Dime: estos feos pensamientos de tu corazón, ¿te causaban placer o tristeza, amargura o deleite?». Y ella le dijo: «Muy grande amargura y tristeza». Replicó el Señor: «¿Y quién infundía esta amargura y esta tristeza en tu corazón, sino yo, que permanecía escondido en medio de tu alma? Cree, hija mía, que si yo no hubiese estado presente, aquellos pensamientos que sitiaban tu voluntad, sin poderla asaltar, la habrían vencido, habrían penetrado en ella y habrían sido recibidos con complacencia por tu libre albedrío y, así, habrían dado muerte a tu alma; mas, porque yo estaba dentro, infundía aquella resistencia y aquel disgusto en tu corazón, merced a lo cual alejabas cuanto podías la tentación, y, no pudiendo rechazarla tanto como deseabas, sentías el mayor disgusto y el mayor aborrecimiento contra ella y contra ti misma; y, así, estas penas eran para ti un gran mérito, una gran ganancia y un gran aumento de tu virtud y de tu fortaleza».

Comentarios adicionales…

Aunque la tentación dure toda la vida, no nos hace desagradables a la divina Majestad, mientras no nos complazcamos ni consintamos en ella; la razón es porque en la tentación no obramos, sino que sufrimos, y cuando no nos complacemos en ella, tampoco tenemos ninguna clase de culpa. San Pablo padeció durante mucho tiempo las tentaciones de la carne, y, lejos de ser por esto desagradable a Dios, al contrario, era Dios, en ello, glorificado; la bienaventurada Ángela de Foliño sentía tentaciones carnales tan crueles, que da lástima cuando las refiere; grandes fueron también las tentaciones que sufrieron San Francisco y San Benito, cuando, para mitigarlas, el uno se revolcó sobre los zarzales, y el otro sobre la nieve, y, no obstante, nada perdieron de la gracia de Dios, sino que recibieron un gran aumento de ella.

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