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Mensaje de Santa Teresa de Ávila para combatir el miedo a los demonios

Santa Teresa de Ávila ofrece un mensaje de gran importancia para combatir el miedo infundado a los demonios tomado del libro de la Vida, Capítulo 25, 19:22 en la cual enfatiza la fuerza y el poder de Dios, afirmando que, dado que los demonios también son creaturas, no pueden hacer daño a quienes sirven fielmente a Dios; describe su experiencia personal de superar el miedo a los demonios a través de la fe, afirmando que con la cruz en mano, encontró valor y sintió una transformación que la hizo no temer más a las fuerzas del enemigo.

Señala que los demonios son cobardes que solo ganan poder cuando las personas le temen. El verdadero peligro, argumenta, no son los demonios, sino más bien cometer pecados veniales, que pueden hacer más daño que toda la fuerza del infierno. Los demonios explotan los apegos humanos a los placeres mundanos y los miedos, llevando a las personas a colaborar en su propia caída a través de su acción ordinaria que son las tentaciones.

Santa Teresa afirma que al servir a Dios sinceramente y rechazando los deseos mundanos, los demonios serán repelidos. Expresa confusión sobre el miedo al diablo cuando se puede invocar el nombre de Dios para infundir miedo en el diablo en su lugar, destacando que el diablo no puede actuar sin permiso divino. Las reflexiones de Santa Teresa son un llamado a enfocarse en el poder de Dios y a mantener la fe en Su protección contra las influencias malignas.

Fragmentos del Capítulo 25 (Libro de la Vida – Santa Teresa de Ávila)

«Heme aquí con solas estas palabras sosegada, con fortaleza, con ánimo, con seguridad, con una quietud y luz que en un punto vi mi alma hecha otra, y me parece que con todo el mundo disputara que era Dios. ¡Oh, qué buen Dios! ¡Oh, qué buen Señor y qué poderoso! No sólo da el consejo, sino el remedio. Sus palabras son obras. ¡Oh, válgame Dios, y cómo fortalece la fe y se aumenta el amor!

19. Es así, cierto, que muchas veces me acordaba de cuando el Señor mandó a los vientos que estuviesen quedos, en la mar, cuando se levantó la tempestad y así decía yo: ¿Quién es éste que así le obedecen todas mis potencias, y da luz en tan gran oscuridad en un momento, y hace blando un corazón que parecía piedra, da agua de lágrimas suaves adonde parecía había de haber mucho tiempo sequedad? ¿Quién pone estos deseos? ¿Quién da este ánimo? Que me acaeció pensar: ¿de qué temo? ¿Qué es esto? Yo deseo servir a este Señor. No pretendo otra cosa sino contentarle. No quiero contento ni descanso ni otro bien sino hacer su voluntad (que de esto bien cierta estaba, a mi parecer, que lo podía afirmar). Pues si este Señor es poderoso, como veo que lo es y sé que lo es, y que son sus esclavos los demonios (y de esto no hay que dudar, pues es fe), siendo yo sierva de este Señor y Rey, ¿qué mal me pueden ellos hacer a mí? ¿Por qué no he yo de tener fortaleza para combatirme con todo el infierno?

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