
El dogma de la Inmaculada Concepción es el tercer dogma proclamada por la Santa Iglesia Católica por el Papa Papa Pío IX en la bula Ineffabilis Deus el 8 de diciembre de 1854, donde se afirma que María, madre de Jesús, fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción, por eso cada 8 de diciembre celebramos esta hermosa solemnidad.
Un dogma es una verdad fundamental revelada por Dios, transmitida desde los Apóstoles y declarada como vinculante por el Magisterio (Papa o Concilio), requiriendo adhesión irrevocable de los fieles, son definidos cuando la Iglesia necesita clarificar la fe ante controversias (herejías) o desarrollar su comprensión de la Revelación, reafirmando verdades que ya existían pero necesitaban una formulación
solemne para defender la fe y guiar a los creyentes; la definición dogmática no crea una nueva verdad, sino que clarifica y solemniza una verdad ya contenida en la Revelación (Escritura y Tradición). La Inmaculada Concepción no niega la necesidad de la gracia de Cristo; al contrario, muestra cómo la redención actúa “antes” de la historia, anticipando el sacrificio de la cruz.
La Inmaculada Concepción tiene sustento bíblico y teológico, si bien en las Sagradas Escrituras no está escrito el término de «Inmaculada», el pasaje en Lucas 1,28: donde el Ángel Gabriel la llamó «Llena de Gracia» (kecharitomēnē) sugiere una plenitud especial que los Padres de la Iglesia han interpretado como ausencia de pecado. Juan Duns Scoto, fraile Franciscano y defensor de la Inmaculada concepción argumentó sobre la Inmaculada Concepción en la máxima: «Potuit, decuit, ergo fecit» (Pudo, convino, luego lo hizo). Sostuvo que la preservación de María del pecado original fue una redención más perfecta, lograda por los méritos de Cristo aplicados de manera anticipada ya que la carne de la que se formaría el Hijo de Dios no debería pertenecer en ningún momento al dominio del demonio o del pecado, cuyo poder Cristo vino a destruir. Enfatizó la libertad absoluta y el poder de Dios (la potentia Dei) para conceder este privilegio singular a María, preparándola para ser una morada digna para Su Hijo
Para los teólogos de su época, como Santo Tomás de Aquino, el principal obstáculo era cómo conciliar la Inmaculada Concepción con la redención universal de Cristo, ya que todos los descendientes de Adán nacen con pecado original. Duns Scoto resolvió esto argumentando que la preservación de María no la eximió de necesitar un Redentor; por el contrario, fue redimida de una manera más excelente, mediante una «redención preventiva». La gracia de la redención fue aplicada a María en el primer instante de su concepción, anticipando los méritos de la pasión y muerte de Jesús.
Alégrate, María, porque los hijos que Dios te ha dado en el Cuerpo Místico de Cristo, por los méritos de Cristo y el don del Bautismo, te amamos y te alabamos.
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