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“Porque para siempre es su misericordia”: el abrazo de Dios que no se cansa

Hermanos, si tuviéramos que resumir toda la Biblia en una sola palabra, sería misericordia. No es debilidad de Dios, es su fuerza. No es olvidar el pecado, es amarnos más allá del pecado.

La Misericordia en las Sagradas Escrituras

Desde el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel aprendió a cantar con el corazón: “Dad gracias al Señor porque Él es bueno, porque para siempre es su misericordia”. El Salmo 136 repite esa frase 26 veces, como si Dios quisiera grabárnosla en el alma: en la creación, en la liberación de Egipto, en el camino por el desierto… su misericordia no caduca.

Y en el Nuevo Testamento, San Pablo nos recuerda el origen de nuestra esperanza: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo”. No nos amó porque éramos buenos. Nos hizo buenos porque nos amó primero. La misericordia es la iniciativa de Dios.

Jesús mismo es el rostro de esa misericordia. Él comió con pecadores, tocó leprosos, lloró por Jerusalén y desde la Cruz dijo: “Padre, perdónalos” (Lc 23,34). En Él entendemos que la justicia de Dios no es lo contrario de su misericordia: es su misericordia llevada a plenitud.

La Misericordia revelada a Santa Faustina Kowalska

En el siglo XX, Jesús volvió a insistir. Se apareció a una humilde religiosa polaca, Santa Faustina Kowalska, y le confió un mensaje para nuestro tiempo: “La humanidad no encontrará la paz hasta que se dirija con confianza a mi misericordia” (Diario, 300). Le pidió que se pintara su imagen con la inscripción “Jesús, en Ti confío”, y que se instituyera la Fiesta de la Divina Misericordia el segundo domingo de Pascua. ¿Por qué? Porque Dios quiere darnos un “segundo bautismo”, una nueva oportunidad de empezar de cero.

Las grandes promesas del Domingo de la Misericordia

Jesús le dijo a Santa Faustina algo que estremece el alma. Son promesas para quienes se acerquen a Él con confianza en ese día: “Quien se confiese y reciba la Santa Comunión en ese día, obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 699). Piensa bien lo que significa: perdón total de las culpas y de las penas. Es como si volvieras al día de tu bautismo. La Iglesia enseña que el sacramento de la Reconciliación perdona los pecados, pero las penas temporales suelen purificarse en el purgatorio. En el Domingo de la Misericordia, Dios, en su generosidad, borra también esas penas. Es gracia pura.

Condiciones que pide Jesús:

  • Confianza: Acercarse con el corazón abierto, creyendo que su misericordia es más grande que tu miseria.
  • Confesión sacramental: Puede hacerse unos días antes, con la intención de unirse a la fiesta. Lo importante es estar en gracia de Dios.
  • Santa Comunión: Recibir a Jesús Eucaristía ese domingo con amor y reparación.
  • Obras de misericordia: Jesús pide también que seamos misericordiosos con los demás, al menos con un acto, palabra o oración.

Además, Jesús prometió: “En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata” (Diario, 699).

¿Qué hacemos con tanta misericordia?

Hermanos, la misericordia no es para guardarla en un cuadro. Es para vivirla. El mismo Jesús le dijo a Faustina: “Exige de ti obras de misericordia, que deben surgir del amor hacia Mí” (Diario, 742). Por eso hoy te propongo tres pasos:

  • Déjate abrazar: Si cargas culpas, si sientes que ya fallaste mucho, este domingo es para ti. Dios no está cansado de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.
  • Vuelve a la Confesión: No tengas miedo. Ahí te espera el Orfebre que restaura tu alianza rota y la deja más bella que antes.
  • Sé misericordia para otro: Perdona, visita a un enfermo, escucha sin juzgar, reza la Coronilla a las 3 de la tarde. La misericordia que recibes se multiplica cuando la das.

Para orar esta semana: Reza despacio el Salmo 136 y en cada “porque para siempre es su misericordia” añade el nombre de alguien que necesita esa misericordia. Luego reza: “Jesús, en Ti confío”.

Que María, Madre de Misericordia, nos lleve de la mano al Corazón traspasado de su Hijo, fuente inagotable donde “para siempre es su misericordia”.

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