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HALLOWEEN O DÍA DE MUERTOS: POSIBLES DOS CARAS DEL MISMO ENGAÑO

Cuando dejamos de mirar a Dios y solo miramos la fiesta

Cuando el demonio no puede atacarnos de una manera directa, buscará otra más sutil para desviarnos del único camino correcto que es Jesucristo. Recordemos que la Santa Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Jesucristo, siendo Cristo la Cabeza. Fuera de ese Cuerpo no hay salvación, y el enemigo lo sabe.
Y es que es muy visible el engaño del enemigo dentro de lo que hoy se llama «Halloween»: disfraces de brujas, monstruos, fantasmas y el famoso «dulce o truco». Ahí el engaño es evidente, es oscuro, es tétrico. Todo el mundo ve que no hay nada de Dios en eso. Dios nos regala todo por amor, nos entregó a su único Hijo para darnos vida eterna, pagando nuestra deuda, la deuda del pecado contraída por nuestro padre Adán. Halloween celebra lo contrario: la muerte, el miedo, el demonio disfrazado de diversión.
Pero hay otro engaño más sutil, más difícil de ver, porque se disfraza de amor a la familia: el Día de Muertos tal como lo quiere celebrar el mundo argumentando que es una tradición «Pre-Hispánica», y no se pretende decir que recordar a nuestros familiares que ya partieron de este mundo sea malo, pero podemos caer en un error por la forma en como los vayamos a recordar, veamos porqué…
En esta celebración vemos a la Catrina elegante, a las «ánimas» desfilando como en el desfile de luces, disfraces coloridos, rostros pintados en forma de calavera, altares llenos de comida, flores y fotos, recordando a sus «fieles difuntos». A primera vista no se ve nada malo. Estamos recordando a nuestros familiares que ya partieron de este mundo. Parece piedad, parece amor.
En realidad, el peligro no es evidente a los ojos, pero es más profundo. El verdadero peligro no es lo que hacemos, sino lo que dejamos de hacer.
Dejamos de mirar a Dios. No pedimos misericordia por nuestros familiares. No hacemos lo único que realmente les es de utilidad: nuestras oraciones, nuestros sacrificios y, sobre todo, la Santa Misa. Y esto sucede por desconocimiento de lo que la tradición de la Iglesia celebra realmente el día 2 de noviembre.
El mundo celebra el Día de Muertos ofreciendo comida, luces y fiesta a sus muertos, como si ellos vinieran a comer y a convivir con nosotros. La Iglesia celebra el Día de los Fieles Difuntos ofreciendo a Dios oraciones y sacrificios por nuestros muertos, para que ellos puedan ir a comer al Banquete eterno del Cielo.
Son dos visiones opuestas:

  • La del mundo dice: El muerto viene a nosotros.
  • La de la Iglesia dice: Nosotros ayudamos al muerto a ir a Dios.

La tradición auténtica de la Iglesia nos enseña que el 2 de noviembre ocurre el milagro más hermoso: la Iglesia Militante – o sea, nosotros – y la Iglesia Triunfante – todos los Santos del Cielo – miramos juntos e intercedemos por la Iglesia Purgante, por nuestros familiares que se están purificando.
Los recibimos no con pan y flores de Cempasúchil, sino con lo que ellos realmente necesitan para entrar al Cielo, porque nada manchado puede entrar al Reino de Dios – Apocalipsis 21,27 -. Un alma del Purgatorio no tiene hambre de tamales, tiene hambre de Dios. No tiene sed de atole, tiene sed de Misericordia.
Les ofrecemos comida, luces y fiestas, pero no les ofrecemos Misas, ni Rosarios, ni ayunos, ni indulgencias. Y es entendible. Todos quisiéramos creer que nuestros familiares ya están disfrutando de la gloria de Dios. Todos decimos «ya está con Diosito» para consolarnos. Pero, con humildad, eso no lo sabemos. Solo Dios conoce el corazón y la purificación que cada alma necesita.
Por eso, si de verdad amamos a los que decimos amar, no basta con pintarnos la cara de calavera y poner su foto en el altar. Si los amamos, debemos interceder siempre por ellos y pedir a Dios su misericordia.
La Iglesia te propone algo infinitamente más grande: conviértete en rescatador de tu propia familia. Este 2 de noviembre, no le preguntes a tu difunto si le gustó su altar. Pregúntale a Dios si ya lo dejó entrar a su Gloria. Por ello:

  • Cambia una comida del altar por una Misa. Una sola Misa vale más que mil altares llenos de comida. Es el Cuerpo y la Sangre de Cristo ofrecidos por tu papá, por tu mamá.
  • Cambia una hora de desfile por un Rosario o un Requiem. Reza los Misterios Dolorosos por ellos. Cada Avemaría es un balde de agua fresca para un alma que se purifica en el fuego del amor de Dios. También puedes rezar un Requiem «Dales Señor el descanso eterno, y brille para ellos tu luz perpetua«
  • Gana una indulgencia plenaria. Confiésate, comulga, reza por el Papa y visita el cementerio orando por tus difuntos entre el 1 y el 8 de noviembre. La Iglesia te regala ese tesoro para que puedas sacar un alma del Purgatorio cada día.

Tus familiares no necesitan que los recuerdes con fiesta. Necesitan que los ames con sacrificio. No los dejes en el panteón con flores de papel. Llévalos al Cielo con flores de oración. Porque el amor verdadero no dice: «Mira cuánto te extraño«. Dice: «Mira cuánto rezo para que veas a Dios«.

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